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ABANICO/ Enemigos cercanos

ABANICO/ Enemigos cercanos

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Por Ivette Estrada

“Cuando el criminal está en casa” parece una horrenda paradoja. Pero es real.

Aunque la narrativa cultural presenta el hogar como refugio absoluto, hay una cifra que no puede desestimarse: la mayoría de los crímenes de alto impacto social los perpetra alguien del primer círculo de la víctima.

El lugar que debería proteger es, estadísticamente, el lugar donde más se violenta. El crimen no viene de afuera, sino del propio hogar. El enemigo no invade: convive. Y entonces las narrativas del cine, como Durmiendo con el enemigo, se vuelven reales.

Nos acostumbramos a homicidios y feminicidios domésticos, a la violencia letal que surge de vínculos afectivos deteriorados. Normalizamos golpes, amenazas, coerción, control económico y aislamiento. Testificamos extorsiones y abusos de confianza: el uso de la cercanía para obtener dinero, favores y silencio. El crimen se vuelve cotidiano. No es el espectacular, sino el que se esconde en la rutina.

La cercanía es el arma

El conocimiento íntimo —rutinas, horarios, miedos, dependencias— se convierte en caldo de cultivo para infringir daño. La manipulación emocional se activa con chantajes afectivos como mecanismos de control. Y en medio de esto aparece la normalización del daño: “Así es”, “es la familia”, “no exageres”.

Hay algo más: la imposibilidad de huir. El peligro está en el mismo espacio donde se duerme, come y vive.

Ante esto aparece un cómplice: el silencio.

Un silencio denso que emerge como vergüenza estructural, porque enunciar implica romper familia, economía y reputación.

También está la presión social con el viejo adagio: “La ropa sucia se lava en casa”.

El silencio es parte de un pacto no escrito de impunidad. Y la familia protege al agresor para no fracturarse.

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Hay, además, un personaje que tratamos de invisibilizar: la víctima atrapada, sin redes externas, recursos ni credibilidad.

La cultura protege al criminal en casa

La narrativa social habla del “peligro externo” y del desconocido como amenaza. Pero la estadística revela otra realidad: el verdadero riesgo está en el círculo íntimo.

El resto desarma la ficción mediática donde el crimen espectacular oculta el crimen doméstico. En nuestra cultura, la pedagogía del miedo está mal dirigida: se enseña a temer la calle, no la casa.

Necesitamos reconfigurar el concepto de familia. No es sagrada si es violenta. La sociedad debe mirar hacia adentro, no solo hacia afuera. Debemos enseñar a identificar señales, romper silencios y crear redes.

También tener la valentía de nombrar: abrazar el acto político y espiritual de decir la verdad. La verdad es una forma de protección. Y nombrar, el acto de resistencia más esclarecedor.


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